La ciencia como herramienta para la soberanía. Importar cada año más maíz significa perder soberanía alimentaria y ganar subordinación
Mensaje en el día de las ingenieras y los ingenieros agrónomos de la UAEMéx
Hoy, en el Día de las Ingenieras e Ingenieros Agrónomos, celebramos una responsabilidad profunda con la vida, con la tierra y con el futuro de nuestros pueblos.
El valor de una agrónoma o agrónomo no se mide únicamente en toneladas por hectárea ni en la eficiencia de los sistemas productivos. El verdadero valor se refleja en nuestra capacidad de contribuir a la soberanía alimentaria: en que las comunidades puedan decidir qué sembrar, cómo producir y qué llevar a su mesa con dignidad.
Porque cuando un profesional de la agronomía acompaña a productores para mejorar sus prácticas sin perder su autonomía, está fortaleciendo la soberanía alimentaria. Cuando promueve el cuidado del suelo, la biodiversidad y el agua, está defendiendo el derecho de las futuras generaciones a alimentarse. Y cuando protege y valora el maíz nativo, está resguardando la base cultural y biológica de nuestra alimentación.
Pero también debemos mirar con honestidad nuestra realidad. En 2025, México rompió récords de importación de maíz, alcanzando aproximadamente 24.6 millones de toneladas de grano amarillo para el sector pecuario. Las pregunta son inevitables: ¿dónde está nuestra producción nacional? ¿Quién gana y quién pierde en esta situación? ¿Quiénes se privilegian? ¿Se están defendiendo los intereses del pueblo o los de unos cuantos?
Más preocupante aún, el 87.9% del maíz importado proviene de Estados Unidos. Cuando un país depende de otro para alimentar a su población, no hablamos solo de comercio: hablamos de pérdida de soberanía y subordinación.
Este dato debe ser un llamado enorme de atención para todos nosotros. No se trata de negar la dinámica global, sino de reconocer que México —centro de origen del maíz— no puede resignarse a depender del exterior para su grano básico. Recuperar la fortaleza productiva del campo mexicano es una tarea urgente y estratégica.
Hablar desde aquí también implica hablar desde la experiencia. Yo soy orgullosamente productora y vivo de cerca la realidad en el campo. Conozco los retos que enfrentan quienes siembran, los costos que aprietan, la incertidumbre del clima y, sobre todo, la enorme dignidad de quienes siguen apostando por la tierra.
Ahí es donde el papel de las y los agrónomos cobra aún más valor. El conocimiento, la capacidad de innovación y el compromiso con el campo deben orientarse a fortalecer la producción nacional de manera sustentable, rentable y justa para quienes siembran. Producir más en México, sin perder diversidad ni degradar nuestros recursos, es un reto técnico, pero también ético.
En este camino también debemos ser críticos. La comercialización de la ciencia, cuando limita el acceso al conocimiento o a las semillas, se parece a esa semilla que no se puede resembrar: útil una vez, pero incapaz de sostener la vida en el tiempo. La ciencia agrícola debe ser, por el contrario, fértil, compartida y multiplicadora.
Ser agrónomo o agrónoma hoy implica producir, sí, pero también implica servir. Implica tender puentes entre la innovación y el conocimiento campesino, entre la productividad y la justicia alimentaria.
Que nuestro trabajo siga sembrando autonomía, diversidad y futuro. Porque donde hay agrónomos comprometidos, hay pueblos con mayor capacidad de alimentarse por sí mismos.
La comercialización de la ciencia, cuando limita el acceso al conocimiento o a las semillas, se parece a esa semilla que no se puede resembrar: útil una vez, pero incapaz de sostener la vida en el tiempo
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